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Qué regalarle

Tengan cuidado, hombres, porque el Día de San Valentín los va a tomar desapercibidos este año, en lunes. Estará pensando en otras cosas, llevando a los niños a los Scouts o al hockey, sintiendo que es un estupendo papá y marido de fin de semana, y de pronto se da cuenta el domingo en la noche “¡Tengo que conseguir una tarjeta y unas flores!” Es demasiado tarde para llamar al 1-800 y todas las mejores rosas de la ciudad ya han sido apartadas.

Realmente, escribo esto por mí. Por razones más bien negativas, no me gusta el Día de San Valentín. No me cuesta ningún trabajo escribir una bonita tarjeta para mi esposa, pero no soy bueno con las flores. Cuando al fin me decido a ocuparme de ellas, solo quedan las del supermercado, medio marchitas.

El año pasado me sentía muy orgulloso de mí mismo porque al fin rompí el círculo y ordené esas rosas profesionales por Internet, con florero y todo, hasta que cuando las trajeron me di cuenta de que debí adquirir unas de mayor precio que venían ya cortadas. Mi esposa casi se lastimó cortando los tallos de la manera exacta para que absorbieran el agua y duraran 14 días.

Tampoco soy muy bueno con los regalos. Todo empezó con el primer Día de San Valentín de nuestro noviazgo cuando le regalé un libro de bioética y ley moral. Fue como los jóvenes que sin pensarlo arrastran a su novia a los juegos de fútbol. Yo estaba estudiando bioética entonces para mi maestría y pensaba que tendríamos algo de qué hablar si ella leía el libro. No fue una buena idea. Finalmente me reivindiqué regalándole un collar de oro de San José. A las mujeres les encantan las joyas.

Desde entonces “me ahogo” como un atleta perdedor cada vez que llega el momento de adquirir un regalo. Día de las Madres, Navidad, cumpleaños… me hiperventilo en la tienda y siento que me asfixio.

La respuesta para hombres como yo es darse por vencidos. Yo le pregunto a mi esposa lo que quiere y a veces incluso me acompaña para elegirlo, Disminuye la emoción, pero también la angustia de equivocarse.

Tengo también la bendición de que  mi esposa me acepta y me ama sin importar nada.