ESPIRITUALIDAD DEL PADRE

¿Qué es la espiritualidad?

por el Padre Martin Pable, Capuchino de OFM

La espiritualidad se puede definir como "la tarea continua de hacer crecer nuestra relación con Dios".

Analicemos en detalle esta definición.

1. En primer lugar, la espiritualidad es una tarea. No se trata sólo de un conjunto de conceptos o creencias para guardar en la mente. Es una visión de la vida y una manera de vivir de acuerdo con esa visión. En otras palabras, tiene que ver con una elección y está orientada a la acción. La espiritualidad debe guiar no sólo nuestro pensamiento, sino también nuestra toma de decisiones y nuestras acciones.

2. En segundo lugar, se trata de una tarea continua. Es decir, la espiritualidad no es algo que en algún momento se termina, como un trabajo o un proyecto. Es algo que cuidamos, alimentamos y refinamos hasta el día de nuestra muerte. Al igual que la noción bíblica de la conversión, la espiritualidad es dinámica y no tiene final.

3. En tercero, su objetivo es el crecimiento de nuestra relación con Dios. Esto da por sentado que ya tenemos una relación con Dios. La tarea consiste en desarrollarla y profundizarla, como con cualquier otra relación. Para lograrlo, se necesita disciplina espiritual, por ejemplo, para leer las Escrituras y para rezar.

Acérquese a Dios

Por ahora, no obstante, quiero concentrarme en algo más inmediato. Uno de los obstáculos para el crecimiento espiritual que suelo encontrar al trabajar con hombres es que muchos de ellos no están convencidos de tener una relación personal con Dios. Al menos, no la piensan de esa manera.

En cambio, piensan en la espiritualidad exclusivamente como prácticas tales como rezar, ir a Misa, confesarse o ayudar al vecino. Desde luego que no hay nada de malo en todo eso, pero no es suficiente para llegar al corazón de la espiritualidad. Después de todo, es posible hacer todo eso por las razones equivocadas: para no ir al infierno, para sentirme bien conmigo mismo, para impresionar a mis vecinos o para que mi esposa no me regañe.

Si buscáramos una analogía, hablaríamos de un golfista que se concentra en mantener la cabeza inclinada, en doblar la rodilla derecha, en enderezar las muñecas y completar el movimiento del golpe hasta el final, pero se olvida de que el objetivo del juego es meter la pelota en el green y, luego, en el hoyo.

Es una gran verdad que la espiritualidad, en la tradición cristiana, comienza con Dios, no con uno mismo. Sin embargo, psicológicamente, comienza con nosotros, en el sentido de que en algún momento nos sentimos incompletos, solos, con limitaciones profundas, desilusionados con todo lo que sólo brilla y seduce, necesitados de algo o alguien que nos complete de verdad. Consciente o inconscientemente, estamos buscando a Dios. Pero el mensaje bendito, la buena nueva de las Escrituras, es que Dios nos busca a nosotros.

Esta dinámica se repite a lo largo de las Escrituras, desde la historia de Adán y Eva hasta la parábola de Jesús de la oveja perdida, donde el pastor (imagen de Dios) se va en busca de la que se perdió.

También aparece en la escena donde Jesús dice: "Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo" (Apocalipsis 3:20). La puerta simboliza el corazón humano. Fíjese de nuevo en quién toma la iniciativa. Es Cristo el que viene y nos llama.

Pero nunca va a obligarnos a aceptarlo en nuestra vida. Tenemos que abrirle la puerta de nuestro corazón, y eso sólo se puede hacer desde adentro, es decir, por voluntad propia. Pero si elegimos hacerlo, Jesús dice que vendrá y compartirá una comida con nosotros. Compartir una comida en el Medio Oriente siempre es señal de amistad especial. Una vez más, regresamos a la esencia misma de la espiritualidad: una relación personal.

Dios nos busca

Entonces, ante todo, Dios siempre nos busca, nos invita. Ése es el primer movimiento de la espiritualidad. El segundo depende de nosotros: podemos elegir ignorar la invitación o responder y comprometernos con una relación personal con Dios, o sólo con Jesucristo, si nos resulta más sencillo relacionarnos con él.  En realidad, no importa, porque una Persona Divina nos terminará llevando hacia una relación con las tres Personas de la Trinidad.

Cuando digo que podemos elegir ignorar la invitación de Dios, no quiero decir que se trate necesariamente de una decisión conciente. La mayoría de las veces, creo que simplemente estamos demasiado distraídos o preocupados para identificar la invitación de Dios.

Una vez escuché a Anthony De Mello decir que nuestra sociedad nos sigue dando "drogas" que adormecen nuestra conciencia espiritual: productos de consumo, formas de entretenimiento, trabajo absorbente, la necesidad de lucir bien, de ser aceptados, de sentirnos poderosos. Con nuestros sentidos y nuestra imaginación concentrados en todo esto, claro que es difícil oír el llamado de Dios en lo profundo de nuestra alma.

Este artículo es un fragmento de The Quest for the Male Soul (La búsqueda del alma masculina) (Ave Maria Press, 1996).