Esposo Amante


Los hombres como esposos y como padres

por el Papa Juan Pablo II

Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.

Él ve en la esposa la realización del designio de Dios:  “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”.

El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer:  “No eres su amo (escribe San Ambrosio) sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer...  Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé agradecido con ella por su amor”.

El hombre debe vivir con la esposa “un tipo muy especial de amistad personal”. El cristiano, además, está llamado a desarrollar una nueva actitud de amor, manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que Cristo tiene con la Iglesia.

El amor a la esposa como madre de sus hijos y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural hacia la comprensión y la realización de su propia paternidad.

El amor a la esposa como madre de sus hijos y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural hacia la comprensión y la realización de su propia paternidad. Por encima de todo, donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés con relación a la familia o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible.

Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones familiares.  De la misma manera sucede, en circunstancias opuestas, donde la presencia del padre es opresiva, especialmente donde todavía rige el fenómeno del «machismo», o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas masculinas que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de sanas relaciones familiares.

Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios, el hombre está llamado a garantizar el desarrollo armonioso y unido de todos los miembros de la familia:  él realizará esta tarea al ejercer una generosa responsabilidad por la vida concebida junto al corazón de la madre, al mantener un compromiso más solícito con la educación (tarea compartida con la propia esposa), al no permitir que el trabajo nunca sea causa de división en la familia, sino que promueva su cohesión y estabilidad y al dar un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca más eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia.

Este artículo es un fragmento del documento de 1981 de Juan Pablo II  Familiaris Consortio (Sobre la familia cristiana).