Protector De La Familia Cristiana


El Padre McGivney

por el Padre Roger J. Landry

Aunque es probable que a lo largo de nuestra vida   todos hayamos conocido  sacerdotes muy santos, no hay ningún sacerdote nacido en los Estados Unidos que haya sido declarado santo formalmente. Es más, en toda la historia de la Iglesia, sin importar el país, es muy raro que un sacerdote parroquial sea canonizado, a menos que luego haya sido un obispo virtuoso o haya fundado una nueva orden religiosa.

Quizás todo esto cambie pronto.

En marzo, el Papa Benedicto XVI aprobó un decreto que reconoce la virtud heroica del Padre Michael McGivney, un sacerdote parroquial de la Arquidiócesis de Hartford que falleció en 1890 a los 38 años.

El decreto de virtud heroica es el primero de los tres pasos principales hacia la canonización. La canonización se otorga tras un estudio pormenorizado de la vida y de los escritos del candidato que se lleva a cabo para determinar si vivió la vida cristiana de manera heroica. Tras diez años de estudio por parte de la Congregación para las causas de los santos, el Papa Benedicto declaró que el Padre McGivney cumplía con este primer requisito.

Los otros dos pasos principales en el camino hacia la canonización exigen la intervención directa de Dios mediante milagros (que sólo Dios puede realizar) para quienes le rezan por intermedio del Padre McGivney. Para la beatificación, se precisa un milagro certificado médicamente posterior a su fallecimiento. Para la canonización, se precisa otro milagro posterior a la beatificación. La Arquidiócesis de Hartford ya envió al Vaticano un archivo con muchas pruebas de un milagro de ese tipo que, de ser aceptado por el Papa Benedicto, permitiría (con suerte) la pronta beatificación del Padre McGivney.

Lo que siempre me gustó más del Padre McGivney es que durante 13 años fue un sacerdote parroquial "común" que, sin bombos ni platillos, dedicó todas sus energías al cuidado espiritual y material de aquellos a quienes Dios le confió. Por lo que sabemos, no existen grandes milagros asociados con sus oraciones. No era un predicador aparatoso. No se lo conocía por su brillantez teológica. Simplemente "hacía su trabajo" con mucho amor a Dios y al prójimo, y con asiduidad optaba por las tareas más difíciles de hacer, tal como visitar a los presos condenados a muerte.

Al cumplir su deber con humilde fidelidad, no obstante, terminó afectando las vidas, no sólo de sus feligreses, sino de hombres católicos de toda la Iglesia Católica hasta nuestros días.

Tras su ordenación como sacerdote en la Navidad de 1877, se convirtió en el vicario parroquial de la Iglesia St. Mary en New Haven, a la sombra de la Universidad de Yale. No era un puesto sencillo, porque en esa región de New Haven los católicos irlandeses no eran mucho más bienvenidos que las termitas. A veces pensamos que los medios masivos de comunicación de la actualidad están en contra de la Iglesia, pero nuestro problema está muy lejos de ser lo que tuvo que soportar la generación del Padre McGivney. En su segundo año en el cargo, el New York Times, el periódico nacional por excelencia, publicó en la portada un artículo con el titular "Edificio de la Iglesia Católica Romana arruina avenida aristócrata". Los católicos irlandeses no recibían mucho mejor trato en otros establecimientos dominados por “yanquis.”

Al comienzo de su tarea como vicario parroquial, una familia de St. Mary sufrió una tragedia que brindó la oportunidad de que el Padre McGivney no sólo mostrara su carácter sacerdotal, sino también estableciera bajo la providencia de Dios uno de los cimientos seculares más importantes de la historia de la Iglesia.

Uno de sus feligreses, Edward Downes, murió de "encefalitis". Durante años, se había esforzado por conservar su puesto de periódicos ocultándole con alegría a su familia cada vez más numerosa todas las dificultades financieras. Tras su fallecimiento, su esposa Catherine descubrió que no había dinero para mantener a sus cuatro hijos. Esto significaba, según las prácticas de la época, que el tribunal sucesorio podía asignar a los niños a instituciones públicas para que no fueran desatendidos por falta de dinero. Catherine Downes debía probar que sus hijos tenían quien solventara su educación o capacitación para evitar que se convirtieran en vagabundos.

El hijo mayor consiguió un empleo, y parientes de Catherine lograron juntar US$ 2.500 para los dos hijos menores. Pero no se pudo hallar a nadie dispuesto a pagar una fianza de US$ 1.500 para convertirse en tutor de Alfred. En la audiencia del tribunal sucesorio para determinar su futuro, el juez preguntó si alguien estaba dispuesto a ser tutor del niño. El Padre McGivney levantó la mano. A pesar de que McGivney no contaba con el dinero para pagar la fianza, el juez aceptó un arreglo con un almacén local que tenía suficiente confianza en el sacerdote como para pagar la garantía de la tutoría.

El Padre McGivney no sólo salvó a Alfred Downes de ir a una institución pública aquel día, sino que esto le hizo abrir los ojos al sacerdote de 31 años y ver el peligro al que se exponen las familias cuando el proveedor sufre una lesión o muere. McGivney comenzó a orientar su corazón y energía pastorales en la búsqueda de una solución.

Se reunió con los esposos y padres jóvenes de St. Mary y comenzaron a conversar sobre la fundación de una sociedad fraternal de beneficencia que fortaleciera su fe católica y brindara seguridad a sus familias en el caso de que fallecieran. También quería hacer algo para contrarrestar la convocatoria de algunas sociedades secretas anticatólicas que atraían a hombres, justamente, porque brindaban seguros de vida. El Padre McGivney había pensado en una organización autónoma en la que él actuaría sólo como capellán y asesor. Se trataba de una idea muy avanzada, ya que en la Iglesia las organizaciones seculares no eran habituales en esa época.

Tras estudiar lo que hacían otras sociedades fraternales de beneficencia, el Padre McGivney y 24 feligreses seculares fundaron los Caballeros de Colón en el sótano de St. Mary. Tras ese humilde comienzo, los Caballeros han crecido en los últimos 126 años hasta convertirse en la sociedad de hombres católicos más grande del mundo, con 1,70 millones de miembros en 13 países. Los Caballeros continúan brindando a sus miembros apoyo espiritual y pólizas de seguro de vida económicas y muy apreciadas, pero también hacen mucho más. Todos los años, los Caballeros recaudan y donan US$ 143 millones a causas valiosas de la Iglesia y dedican 64 millones de horas como voluntarios.

Seis años después de convertirse en pastor de la Iglesia St. Thomas en Thomaston, el Padre McGivney contrajo neumonía y falleció. La Misa de su funeral fue una de las más concurridas de la historia del estado de Connecticut. Si Dios quiere, su Misa de beatificación en New Haven será todavía mucho más concurrida.

Este artículo se publicó originalmente en The Anchor (El ancla) (28 de marzo de 2008), la publicación de la Diócesis de Fall River, Massachusetts.