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La Economía de la Eternidad

Por el Padre Christopher M. Mahar

En la “Parábola del Administrador Sagaz”, Cristo habla sobre los terratenientes, los administradores, los deudores y los acreedores, temas que conocían muy bien las personas de su época.

Hay cuestiones similares que a nosotros también nos resultan familiares, incluso demasiado: deudas, hipotecas, tarjetas de crédito, cuentas y pagos. Todas esas cosas, obviamente, están relacionadas con la economía. Son las que componen el sistema económico. Todas las civilizaciones y culturas tienen algún tipo de economía, por primitiva que sea.

La palabra economía viene del griego oikonomia, que significa literalmente la “administración de una casa”. Describe la forma en que una persona lleva sus asuntos, la forma en que administra su vida.

Sin embargo, los Padres de la Iglesia nos dicen que existe una economía en Dios mismo. La llaman “economía de la salvación”. Esto no significa que Dios tenga una tarjeta de crédito, o que invierta en la bolsa de valores. La “economía de Dios” o “economía de la salvación” se refiere a la forma en que Dios “administra” su casa, que es el mundo.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa de la siguiente manera:

La economía de la salvación… se refiere a la actividad de Dios en la creación y el gobierno del mundo, en especial a su plan para la salvación del mundo en la persona de Jesucristo, un plan que se cumple por medio de Su Cuerpo la Iglesia, en su vida y sacramentos.

Así, la “economía de la salvación” viene a ser esencialmente “a qué se dedica Dios” día con día, la forma en que dirige el curso de la historia del hombre. Si quiere saber cómo administra Dios Europa o Estados Unidos, o la casa y la vida de cada uno de nosotros, no hace falta buscar más allá de la persona de Jesucristo. A eso se dedica Dios.

Cristo es Dios, que se hizo hombre y entró de lleno en nuestra vida; entró en nuestro sistema económico, en nuestros hogares y nuestras familias. Tendió la mano para tocar a los enfermos y los curó. Devolvió la vista a los ciegos y resucitó a los muertos. Sufrió y murió en la cruz para que nos fueran perdonados nuestros pecados y encontráramos nueva esperanza y nueva vida en él.

Jesucristo se alzó de entre los muertos y nos invitó a compartir su propia vida, una vida que no tendrá fin. Por nuestro Bautismo podemos vivir en él, y por el don de su cuerpo y su sangre en la Santa Eucaristía, Cristo vive en nosotros. Por el Sacramento de la Reconciliación pueden ser perdonados nuestros pecados para que tengamos un nuevo inicio con Dios.

¡Así es la “economía de la salvación” con todo su esplendor! Así es como administra Dios su casa.

El reto que nos plantea Cristo es simple y claro: Ser activos dentro de esta economía.

No somos llamados a quedarnos sentados esperando que Dios haga algo con nuestra vida. ¡No podemos permanecer indiferentes ante un don tan grande! Jesús pone en contraste a los que permanecen inactivos e indiferentes en su vida cristiana con las personas de este mundo que son hiperactivas en la economía y los asuntos mundanos aquí en la tierra:

Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.
Lucas 16,8.

Ilustra su idea con la “Parábola del Administrador Sagaz”. No nos dejemos engañar: ¡Ese hombre es un bribón! Es un ladrón. Le está robando dinero a su patrón, apoderándose de lo que no es suyo.  ¡Y lo han descubierto! Van a despedirlo, y con toda la razón.

Jesús no aprueba en ningún momento lo que ha hecho ese hombre. Pero lo que señala esta parábola es la reacción del bribón en cuanto se da cuenta de que se acabó su juego: se activa. ¡Cómo se pone a trabajar! Utiliza toda su energía, sus esfuerzos, sus dones y habilidades, todo lo que tiene, para asegurarse de que no carecerá de nada en este mundo. Se asegura de estar bien cubierto en lo que se refiere a las riquezas mundanas.

Lo que dice Jesús esencialmente es: ¡Si al menos mi pueblo mostrara tanta actividad cuando se trata de conseguir la riqueza eterna!

Nos reta a hacer uso de toda nuestra energía, nuestros esfuerzos, dones, capacidades y recursos para buscar el Reino de Dios y asegurarnos un lugar en el reino eterno donde Él vive y reina por siempre. Porque, en última instancia, la “economía de la salvación” no es una cuestión de dinero. No se trata de posesiones, propiedades ni nada tan mundano.

La “economía de la salvación” se refiere al cielo, se refiere a la vida eterna. Podemos preguntarnos: ¿Cuánto invertimos en esa economía? Sin duda nuestra generosidad con nuestro tiempo, talento y patrimonio, pero hay más que eso: también la forma en que vivimos y en que amamos. ¿Qué tan bien estamos invirtiendo en esa “economía” cuyos dividendos serán una vida eterna con Dios?

El Padre Christopher M. Mahar fue ordenado en 2004 para la Diócesis de Providence, R.I., y es actualmente vicerrector del seminario Norteamericano en Louvain, Bélgica. Su Blog se llama “Living Sacrifice”.