This Month's Topic


La Verdad y Belleza de Nuestra Sexualidad

Por Edward Mechmann

Uno de los grandes regalos de nuestra fe católica es nuestra visión positiva y hermosa de la sexualidad. No nos dejamos convencer por la visión mundana de la sexualidad, que se centra casi exclusivamente en lo físico y deja a las personas sintiéndose vacías y usadas, y conscientes en el fondo de que algo les falta.

Nuestra concepción católica del sexo contempla a la persona entera, y el plan de Dios para nuestra vida y nuestro amor. Para que entiendan mejor la verdad y la belleza de nuestra sexualidad, he aquí un panorama general:


1. No es bueno estar solo

No podemos vivir sin amor. Nuestra vida carece de sentido y es solitaria si no sentimos amor, si no participamos en él de manera íntima. Toda persona humana ha recibido de Dios una vocación al amor. Todos nos sentimos atraídos hacia las relaciones donde podemos experimentar el amor de verdad: primero, la amistad y las relaciones románticas, pero finalmente la vocación del matrimonio. Nos lo dice nuestro corazón, que ansía amar.


2. El lenguaje de nuestro cuerpo

Para salir de nuestra soledad, debemos escuchar el lenguaje de nuestro cuerpo, y el significado que le ha dado Dios. Recuerden que somos personas, no sólo cuerpos, hechas a imagen y semejanza de Dios.

Sin embargo, nuestro cuerpo puede decirnos más que lo físico, puede hablarnos de nuestro aspecto espiritual también, y de la naturaleza que nos dio Dios. Cuando miramos nuestros cuerpos, nos dicen claramente que el hombre y la mujer están hechos el uno para el otro, y para unirse en el acto sexual que nos unifica y trae una nueva vida al mundo.

Este vínculo entre el amor y la vida es una parte necesaria de nuestra sexualidad y del matrimonio, es la verdad acerca de lo que somos y lo que debe ser nuestro amor. Esencialmente, nuestro cuerpo nos dice que estamos hechos para la alianza del amor que dura toda la vida, y para traer una nueva vida al mundo. Esto es lo que significa “El significado esponsalicio del cuerpo” y es el punto de partida para vivir la verdad y belleza de nuestra sexualidad.

3. Una sola carne

Piense en el pasaje del Génesis sobre el matrimonio entre el primer hombre y la primera mujer:

“Y por eso un hombre abandona a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen una sola carne”.

¿Puede imaginar una imagen más fuerte de unidad e intimidad que hacerse una sola carne con su cónyuge? Ésta es la forma en que experimentamos el amor verdadero, entregándonos plenamente a nuestra esposa, sin condiciones ni compromisos, sin que nada nos separe y sin reservarnos nada.

Cuando un hombre y su esposa hacen el amor en este sentido, es la máxima expresión de su unidad en “una sola carne”, y podemos estar juntos “desnudos sin vergüenza”, con total apertura e intimidad, confianza mutua y apertura al regalo de amor del otro.

Éste es el plan de Dios: que seamos “una sola carne” en la comunión de personas para toda la vida, para dar vida. Para eso fue hecha nuestra sexualidad.


4. Uso y abuso

Desgraciadamente, con demasiada frecuencia no vivimos según el plan de Dios para nuestra sexualidad. Abusamos de este don usando a otros para nuestro propio placer, o esterilizando deliberadamente nuestros actos sexuales. Nos volvemos manipuladores y egoístas, actuamos por lujuria en lugar de amor.
Cada vez que lo hacemos, ya no nos damos plenamente al amor dador de vida, no construimos una verdadera intimidad y unidad con nuestra esposa, y no decimos la verdad sobre nuestra sexualidad. Y no cabe duda de que no es allí donde Dios nos quiere, y sufrimos las consecuencias: soledad, frustración, y la sensación de sentirse usado y vacío.


5. El sexo redimido

Por fortuna, existe una esperanza, no estamos atrapados en esta trampa de uso y abuso. El propio Jesús, quien se hizo verdaderamente humano, nos ha redimido junto con nuestra sexualidad. ¿Cómo lo hizo?

En primer lugar, diciendo la verdad sobre el matrimonio, el sexo y el amor, y mostrándonos el plan de Dios para el matrimonio. Lo que es más importante, cuando se entregó plena y completamente a su esposa – a nosotros – en la cruz, nos liberó de nuestro egoísmo y nos dio una nueva vida.

Gracias a Jesús, y con su ayuda, podemos ser verdaderamente “una sola carne” con nuestra esposa aceptando el plan de Dios para nuestra sexualidad en la comunión para toda la vida y dadora de vida del matrimonio.

Edward Mechman participa en el programa de preparación para el matrimonio de la Arquidiócesis de Nueva York. Este artículo se reproduce con el permiso de Family Life/Respect Life Office, Arquidiócesis de Nueva York.