El Tema de Este Mes


Miremos bien dónde ponemos los pies

Por Brian Caulfield

Como nativo de Nueva York, crecí con el ruido de los trenes del metro y tengo una vívida imagen tanto del poder como del peligro del “tercer riel” que conduce la electricidad.

Bien, existen muchos “terceros rieles” en la enseñanza social de la Iglesia que contienen un enorme poder tanto para sanar enfermedades sociales como para causar más daños cuando se pisan sin el debido respeto por la tradición y la complejidad.

De hecho, debería haber un cartel sobre el almacén de la enseñanza social católica que dijera: “Todos los que entren: miren bien dónde ponen los pies”.

Después de haberme alertado a mí mismo, me dirigiré a las secciones del Catecismo de la Iglesia Católica que tratan de la doctrina social, especialmente en lo relacionado con el individuo y la sociedad.

La Iglesia afirma que el hombre es un ser social y necesita de la sociedad para desarrollar su potencial, y que “el sujeto y el fin” de todas las instituciones sociales es la persona humana.

¿Pero, qué hay de la tendencia hacia el egoísmo entre los individuos? ¿Y de la tendencia de la sociedad que en la forma de gobierno invade con su poder la vida de los ciudadanos? Estas tendencias han sido la fuente de algunas teorías sociales que colocan el enfoque de los derechos completamente en el individuo (como el libertarianismo) y otras teorías que colocan todo el poder en la colectividad (como el comunismo).

La Iglesia ve ambos extremos como falta de respeto hacia la entera dimensión de la libertad humana individual y hacia la necesidad del hombre y su capacidad para asociarse con otros de una manera “verdaderamente humana”. Desde mi punto de vista, el libertarianismo y el comunismo son dos formas de desesperación sobre la caída de la condición humana. Buscan eliminar la tensión entre el individuo y el gobierno colocando todo el poder de un lado o de otro.

Aunque se encuentra entre los dos extremos, la enseñanza de la Iglesia no es “justo medio”. En relación a la “cuestión social”, la Iglesia brinda una tercera realidad: la dimensión espiritual del hombre y su relación con Dios, su creador. Toda actividad humana, incluyendo el poder del estado, está sujeta a las leyes de Dios y a la ley natural.

Un ser social
El Catecismo afirma que aunque la sociedad y el estado son necesarios para el hombre, “Una intervención demasiado fuerte del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa personales. La doctrina de la Iglesia ha elaborado el principio llamado de subsidiariedad. Según éste, una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común”. (#1883)

Sección 1995: “El principio de subsidiariedad se opone a toda forma de colectivismo. Traza los límites de la intervención del Estado. Intenta armonizar las relaciones entre individuos y sociedad.”
Se trata de maravillosas ideas, pero pueden interpretarse de muchas formas, y ambos lados pueden alegar que sostienen una u otra versión del bien común, la subsidiariedad y la armonía. 

Sin embargo, a pesar de estas tensiones, la Iglesia nos pide emprender el duro camino del compromiso y la responsabilidad social. No podemos desesperarnos de la condición humana, incluso cuando reconocemos nuestra condición de seres caídos. Es parte del mensaje del Papa Benedicto XVI en la Encíclica Spe Salvi (Salvados en la Esperanza).

La estructura social, el gobierno y las leyes no son “males necesarios” a los ojos de la Iglesia. Deben verse como aspectos del mandamiento “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Esto excluye tanto a un “estado paternalista” colectivista como a una economía regulada únicamente por el lucro y la avaricia.

Brian Caulfield es editor de Padres para Siempre.