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Madre de Todos los Pueblos
En este podcast exclusivo, Mons. Eduardo Chávez Sánchez, postulador de la causa de canonización de San Juan Diego, habla sobre el significado de las apariciones marianas hoy

 

 


Las Apariciones de María

Por Brian Caulfield

La Virgen María nos fascina. Capta la atención no solo de los católicos y otros cristianos, sino también de todo tipo de personas, tanto creyentes como no creyentes, de los que son absolutamente devotos de ella así como de los escépticos y los profanos.

Solo piense en esto: dondequiera que se hable de una aparición de María, la gente acude en masa. Si corre el rumor  de que brotan lágrimas de una estatua de María en el patio de la casa de algún suburbio, habrá camarógrafos filmando por encima de la cerca y embotellamientos kilométricos.

Vendrán los católicos, claro, pero también los curiosos y los escépticos, pensando (quizá esperando) que podría ser verdad, que quizá este mundo no es todo lo que existe, y que una persona humana llamada María se fue antes que nosotros al cielo y regresa para traernos algún mensaje.

Una mensajera del cielo, oímos. Y corre la gente a ver, a tocar, a escuchar, con esperanza.

En el fondo, todos necesitamos su cuidado maternal, su toque femenino, su hermosura y pureza. Percibimos por una profunda fe o una vaga intuición que hay una herida primordial en nuestra naturaleza humana – el mundo está tergiversado y nosotros con él – y que una madre debe enderezarlo. Solo la maternidad virginal – esa aparente contradicción en el curso natural de la procreación humana – puede enderezar el curso de la humanidad.

María nos fascina porque la necesitamos tanto.

María y Jesús

Por supuesto que al cantar alabanzas a María, según nos lo indica la Iglesia Católica, debemos decir que todo su mérito, su belleza y poder provienen de Jesucristo, que es su Hijo y su Salvador. Debemos recordar que cuando decimos “María” ella dice “Jesús”. Cuando le rezamos a ella, ella le reza a él. Cuando le pedimos algo, ella intercede ante él.

Sin embargo, María es especial, incluso el poeta protestante Wordsworth escribió estas famosas palabras: “El único orgullo de nuestra impura naturaleza”. Las Sagradas Escrituras y los dogmas de nuestra fe confirman su situación única en toda la humanidad.

En el Evangelio de Lucas, es “llena de gracia”, como dijo el Arcángel Gabriel, “el Señor es con” ella, es “bendita entre todas las mujeres”, y la “madre de mi Salvador”.

Las enseñanzas (dogmas) de nuestra Iglesia añaden que fue concebida sin el Pecado Original – la Inmaculada Concepción (que celebramos el 8 de diciembre) – y que fue llevada al cielo en cuerpo y alma al final de su vida terrenal, la Asunción (festividad del 15 de agosto).

¿Debemos creer?

Pero si está en el cielo, ¿cómo viene a la tierra? ¿Cómo se aparece?

Todo lo que podemos decir es que sus apariciones constituyen un misterio del poder y la gracia de Dios. Debemos decir también que para ser fieles católicos no necesitamos creer que se ha aparecido o ha dado un mensaje a nadie. Permítanme explicarlo.

La Iglesia Católica ha aprobado varias apariciones de María y ha difundido sus mensajes, pero estas apariciones y mensajes no se consideran esenciales para la fe. No necesitamos creer que María se apareció ante tres pastorcillos en Fátima, o incluso que el “sol bailaba” durante su última aparición. La Iglesia nos dice que estas manifestaciones son dignas de creerse, y que de ninguna forma se oponen a la fe. Pero para ser fieles católicos no necesitamos creer en Fátima o Lourdes, ni siquiera en Guadalupe, en la misma forma que debemos creer en los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Asunción.

Una vez dicho esto, es importante añadir que existen muy buenas pruebas históricas y físicas para creer que María se ha aparecido.

No necesitamos que la Iglesia Católica nos diga que hubo algo sobrenatural en la formación de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en la tilma de Juan Diego en 1534. Pueden ir a la Ciudad de México a ver la prenda del santo y enterarse de que la ciencia moderna no puede explicar cómo se formó esta imagen y cómo se conserva tan clara y brillante.

Las curaciones por las aguas de Lourdes son testimonios vivos de la aparición de María y el mensaje a Santa Bernardita. Yo, que escribo esto, tengo un testimonio personal del poder de Lourdes porque mi hijo fue curado de un mal cardiaco allí en 2001.

El propio Papa Juan Pablo II ha confirmado la autenticidad de la aparición de la Virgen en Fátima. Un año después del atentado contra su vida, fue a Fátima para agradecer a María que le salvara la vida. Fue herido el 13 de mayo, el día de la festividad de Nuestra Señora de Fátima.

El mensaje de Nuestra Señora de Fátima en 1917 es el más famoso y analizado, con su predicción de la Segunda Guerra Mundial, su petición de que rezaran por la conversión de Rusia y que el mundo entero se consagrara a su Inmaculado Corazón, que al final “vencería”. El mensaje volvió a captar la atención del mundo entero al llegar el nuevo milenio, cuando el Vaticano dio a conocer el texto del “Tercer Secreto” y un análisis de su significado por el Cardenal Ratzinger, actualmente  el Papa Benedicto XVI.

El Mensaje Final

El misterio de María está envuelto en el misterio de Dios. Sin embargo, su carne y naturaleza constituyen un puente entre lo humano y lo divino. Nos acerca a Dios.

El propio hecho de que Dios eligiera a una mujer humana para venir al mundo, tomando su carne y su naturaleza humana, nos habla del papel central de María en la Salvación. No es solo una vasija o un instrumento, como alegan ciertos protestantes. Es una persona humana que respondió al llamado de Dios con voluntad humana, entre el temor y la incertidumbre del ser humano. Cierto es que estaba divinamente preparada para decir “Sí” a Dios de una forma especial. Pero cada uno de nosotros está también divinamente preparado, con la gracia que otorgan el Bautismo y otros sacramentos, para decir “Sí” a Dios cada quien a su manera.

María es una de nosotros, Ella nos comprende como solo puede comprender una madre. Nos guía con su ejemplo y su fe. Nos sustenta con la gracia de su Hijo. Sobre todo, nos ama y nos enseña a amar a Dios.

“Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti.”
Brian Caulfield es editor de Padres Para Siempre.