El Cielo, el Infierno y el Purgatorio

Temas previos 

por Brian Caulfield, Editor de Padres para Siempre

I. ¿Alguna vez piensa en el cielo?

¿Es Usted de los que han leído el Infierno de Dante, pero no el Paraíso?

De todas formas, ¿cuál cree Usted que es el objetivo de la vida?

Estas son las grandes preguntas que deberían definir su existencia en este mundo, pero incluso las personas de fe no suelen pensar en ellas.

PIÉNSELO: Nuestra estancia en la tierra es corta e incierta: 70, 80, 90 años, si tenemos la fortaleza.

IMAGINE: Nuestra vida después de la muerte es eterna. En comparación con el futuro que nos espera más allá de la tumba, nuestra vida en la tierra no será más que una breve chispa, pero qué importante resultará esa chispa.

Nuestra vida en la tierra – nuestro amor por Dios y nuestro prójimo – definirá dónde y cómo transcurrirá nuestra vida en la eternidad.

“En todas tus acciones, acuérdate de tu fin y no pecarás jamás” (Eclesiástico 7, 36)

El jesuita del siglo XVI San Francisco de Borja solía dedicar una parte de su tiempo de oración a imaginar su alma en el infierno, preparándose para las tentaciones que lo pudieran arrastrar a él.

Nos convendría pensar sobre la posibilidad del infierno y las glorias del cielo. Un “coach de vida” actual lo llamaría “visualización motivacional”.

II. Tradicionalmente, la Iglesia Católica nos ha enseñado sobre las Últimas Cuatro Cosas:

1. Muerte
2. Juicio Final
3. Cielo
4. Infierno

Para nuestro tema de noviembre, los lectores de Padres para Siempre votaron por:

1. El Cielo
2. El Infierno
3. El Purgatorio

En este mes en que celebramos el Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el Día de Muertos (2 de noviembre), tomémonos unos minutos para conocer mejor esos lugares, y decidir dónde queremos ir a parar el día del juicio final.

III. La Furia del Infierno

Comencemos por el lugar donde no queremos estar .. donde ni siquiera en broma queremos ir. Hablemos sobre el infierno.

Lo primero que debe saber es que el infierno existe, y que puede ir a parar a él si así lo desea.

Conozco personas que dicen en broma que se irán a infierno por portarse mal. No van a Misa el domingo. Engañan a su mujer y mienten. Usan métodos contraceptivos o han quedado esterilizados por una vasectomía. “Me voy a ir al infierno”, dicen en broma, y quizá esperan que alguien les diga que es un mito, que ya nadie se va al infierno. Pero yo no se los puedo decir, por más que quisiera. La honestidad me obliga a decir “No lo digan ni en broma. Rueguen a Dios que los guíe en la vida”.

Si seguimos en pecado mortal hasta el fin, Dios no le negará su boleto al infierno. Si vive su vida como si solo existiera esta tierra, Dios no lo obligará a retroceder por la resbalosa pendiente hacia en infierno.

Mucha gente dice “Soy básicamente una buena persona. Dios entiende.”

Pero el pecado más gordo, que nadie nombre hoy en día es CONTRACEPCIÓN. Casi todo el mundo la practica, la mayoría de la gente no cree que sea nada malo, y, sin embargo, casi todos se sienten incómodos al respecto, en el fondo de su corazón. Saben que la contracepción es una profunda ofensa en contra de la bondad dadora de vida, que afirma la vida, que es la bondad de Dios.

Si practica la contracepción o está esterilizado, lo más probable es que esté en pecado mortal. Si sigue con esa costumbre y no acude a un sacerdote para hacer una confesión sacramental, lo más probable es que se dirija directamente al infierno.

Piense en ello. ¿Realmente se quiere ir al infierno? No se lo digo para hacerle pasar un mal rato, sino para que tenga una mejor posibilidad de alcanzar la felicidad eterna. ¿Qué prefiere: unos momentos de placer en la tierra o la felicidad eterna en el cielo? Ésta es la decisión que nos permite Dios. ¡Cuánta tristeza debe darle que escojamos la muerte eterna!

Esto es lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el infierno:

• #1861: El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia

• Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno.

¡Ay! No es la sensación tibia y difusa de la mayoría de las clases de catecismo de los últimos 30 años.

El infierno es real, y podemos acabar en él si queremos.

IV. El Purgatorio: El hospital de las almas.

Elevémonos un poco hasta llegar al Purgatorio. Muchos Católicos actuales no conocen bien esta palabra ni el concepto; quizá su abuela rezaba por “las almas de Purgatorio”, pero un católico moderno no tiene por qué preocuparse por esas cosas.

No es cierto.

Aunque es un estado temporal, el Purgatorio es una doctrina clara de la Iglesia Católica.

Esta enseñanza tiene sentido común, y constituye una buena noticia para la mayoría de humanidad, que pierde el paso y cae día con día. El Purgatorio es para aquellos que mueren en amistad con Dios (en estado de gracia), pero que aún no están listos para la pureza de la luz del cielo. Deben ser purgados o purificados de sus pecados veniales o su afición por el pecado,

Lo que es importante saber sobre el purgatorio es que toda alma que entra en él ¡está en camino del cielo! Aunque es posible que la purga provoque sufrimiento al alma, la perspectiva de llegar al cielo debe llenarla de esperanza y alegría.

El Catecismo dice lo siguiente:

• 1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

Alegrémonos de que Dios haya creado un lugar para que los pobres pecadores recuperen el esplendor de Cristo en su alma tras una vida de intentos imperfectos pero de buena voluntad. Agradezcamos a Dios por el Purgatorio y oremos por las almas que en él se encuentran, para que sean purificadas antes y entregadas a la presencia de Dios.

V. El Cielo no es una nube

John Lennon, en su famosa canción, dijo “Imagina que no hay cielo ... ni infierno bajo nuestros pies...”

En lo que parecía ser un inocente nihilismo de la década de 1970, él trataba de imaginar un mundo mejor donde los sueños del cielo y el miedo al infierno no impulsaran ya el corazón del hombre. Pero la experiencia ha demostrado que la sabiduría de Dostoyevsky estaba más cerca de la verdad: si Dios no existe, no hay límites para la maldad del hombre.

Por mucho daño que hayan hecho los fanáticos religiosos, el mayor peligro proviene de aquellos que no temen ni a Dios ni al hombre y que solo se guían por su deseo de poder.

Un mundo sin Dios sería intolerable, aun para los malvados. Después de todo, a ningún ladrón le gusta que le roben, y sin Dios todos nos convertiríamos en ladrones, incluso de los que decimos amar. El hombre se desesperaría, porque sabría que no tiene redención.

Así que el cielo no es un lugar de sueños entre nubes, sino un lugar de realidad última, donde reina Dios, nuestro creador. Aun entre ciertos sacerdotes existe la tendencia a espiritualizar el cielo, considerándolo un “estado mental” o un “estado del ser”. El Cielo no es un lugar, dicen. Pero sabemos que en el cielo hay ya al menos dos cuerpos: el cuerpo resucitado de Jesucristo y el cuerpo de María asumida al Cielo.

A su debido momento, todos los cuerpos de los redimidos entrarán al Cielo unidos con su alma.  Si el Cielo no es un “lugar”, ¡todos estos cuerpos deben existir en algún sitio!

El Catecismo de la Iglesia Católica dice lo siguiente:

• 1026: Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.

Santo Tomás Moro dijo algo parecido a esto: Oremos los unos por los otros para que tengamos la alegría de encontrarnos en el Cielo.

Amen.