Padres Sobresalientes

Los beatos Celia y Luis Martin: compañeros de nuestro peregrinaje

por Maureen O’Riordan

A principios de este año, para el 150 aniversario del matrimonio de Celia y Luis Martin, la madre y el padre de Santa Teresita, la Iglesia Católica anunció que la pareja sería beatificada el 19 de octubre de 2008, durante el Domingo de las Misiones.

Luis y Celia son apenas los segundos esposos en la historia que han sido declarados “beatos” como pareja. ¿Por qué Dios inspiró a la Iglesia para mostrarlos como modelo para las familias de hoy? ¿Qué podemos aprender de ellos? ¿Cómo pueden acompañarnos en nuestro propio peregrinaje?

Dios llamó a la Iglesia a declarar “beatos” a estos valerosos esposos, no por su gloria, sino para motivarnos, en nuestras circunstancias, a imitar sus vidas. Deseamos no sólo admirarlos, sino también recibir la gracia de que en nosotros sea mayor el anhelo de Jesucristo y más intenso que cualquier otro.

Un arduo trabajo en la tierra

Tanto Celia como Luis trabajaron muy duro. Ella confeccionaba encaje de Alençon, él era relojero…

La pareja tuvo nueve hijos y crió a cinco de ellos hasta la edad adulta, después de que cuatro murieron a temprana edad. Estaban completamente entregados a su trabajo, a la vida social, familiar y eclesiástica. Al mismo tiempo, su objetivo era siempre la eternidad. Al referirse al cielo, Luis repetía a menudo: “¡Oh! ¡La tierra natal! ¡La tierra natal! ¡Es hermosa la tierra natal!”

Las hijas de Celia recordaban cuán a menudo dijo ella lo mismo.

Incluso en los conflictos de la vida cotidiana se volvían hacia el cielo. Cuando un vecino entabló un juicio contra ellos debido a una disputa de linderos en la cual el juez declaró a los Martin inocentes, Celia escribió a su hija Paulina: “Puesto que debemos sufrir en este mundo, no tenemos más que aceptar pacientemente las contradicciones. Si tan sólo esto nos permite evitar un pequeño Purgatorio, debemos bendecir a M. M. en el otro mundo por habernos permitido vivir esta experiencia en esta vida. Pero prefiero que haya sido él quien nos haya hecho este daño, y no que nosotros tuviéramos que reprocharnos el haberle causado una cuarta parte de la molestia”.

Plegaria familiar

A pesar de que Celia y Luis estaban constantemente apurados por el tiempo, ambos eran fieles a la vida contemplativa, a la vida de la plegaria familiar y a la vida litúrgica de la Iglesia, y crearon una familia igual de fiel.

Esposo y esposa mantenían una apretada agenda. Sin embargo, cada mañana acudían a la Misa de las 5:30, diciendo que era la única a la que podían acudir los pobres y los trabajadores. Cuando los vecinos los oían cerrar su puerta para ir a la Iglesia, decían: “No es más que la santa pareja de los Martin que va a la Iglesia, podemos darnos vuelta y dormir un poco más”.

Cada mañana y cada noche oraban en familia, guardaban los domingos y los días festivos de la Iglesia cuidadosamente. Luis era un líder de la adoración nocturna de la Eucaristía. Celia, siempre la última en irse a la cama, siempre estaba de pie hasta cercana la medianoche. Tenían mucho que hacer, pero entregaban generosamente su tiempo para servir a Dios y al prójimo.

Amándose uno a otro y a sus hijos

Luis y Celia se amaron mucho. En octubre de 1863, en viaje de negocios, Luis escribió a Celia: “Mi amada, no puedo regresar a Alençon antes del lunes, el tiempo me parece eterno, deseo tanto estar contigo… Te abrazo con todo mi corazón mientras espero la dicha de estar nuevamente contigo… Tu esposo y verdadero amigo que te ama para siempre”.

En agosto de 1873, cuando Celia llevó a las niñas a visitar a los pariente en Lisieux, le escribió: “Todo el día estoy contigo en espíritu y me digo: ‘Ahora está haciendo esto, y esto’. Anhelo estar contigo amado Luis. Te amo con todo mi corazón y siento que es doble mi afecto al estar privada de tu compañía. No podría vivir lejos de ti”.

También amaban profundamente a sus hijos. Unas semanas antes del nacimiento de Teresita, Celia escribió a su cuñada: “Amo a los niños con locura, nací para tenerlos… Pero pronto llegará el momento en que todo esto termine… ¡Estoy en la edad en que debería ser abuela!”

El 4 de marzo de 1877 Celia escribió a su hija Paulina: “Cuando tuvimos a nuestros hijos, nuestras ideas cambiaron algo. Desde entonces vivimos sólo para ellos. Ellos fueron nuestra felicidad, y no la hubiéramos encontrado sin ellos. Ya nada nos costaba nada, el mundo ya no era una carga para nosotros. Para mí, mis hijos fueron mi mayor compensación, por eso desee tener mucho hijos, para educarlos para el Cielo…”

Sin embargo, en el centro de esta vida familiar, los padres educaron cuidadosamente a cada hija desde la niñez en la vida espiritual. Estudiaron a cada hija en particular, cultivaron su confianza y las alentaron a que dieran a Dios libertad de acción en su vida. Sobre la decisión de permitir a María ir a un retiro en el Convento de la Visitación donde había sido educada, Celia escribió: “Tuve una buena razón para querer que María fuera al retiro. Es verdad que es caro, pero el dinero no es nada cuando está destinado a la santificación de un alma, y el año pasado, María regresó completamente cambiada”.

Luis tenía un gran respeto por la vida espiritual de sus hijas y apoyó respetuosamente a cada una de ellas para la realización de su vocación…

Amando a Cristo en los pobres

Aunque Celia y Luis mantenían una gran familia, entregaron generosamente su energía y dinero a los pobres, a la Iglesia y a las causas de caridad y justicia de su sociedad.

Luis era miembro de la Conferencia de San Vicente de Paúl, y también se acercó a la gente pobre que lo rodeaba. Cuando viajaba, siempre llevaba monedas para dar limosna a los pordioseros. Si encontraba a un hombre ebrio en la calle, lo ayudaba a llegar a su casa…

Celia trataba bien a sus criadas y las cuidaba ella misma cuando estaban enfermas. No quería enviarlas al hospital o agobiar a sus familias. Durante tres semanas, cuidó día y noche a su criada Luisa Marais. Era bondadosa con las quince mujeres que trabajaban para ella como encajeras, las visitaba los domingos después de la Víspera para asegurarse de que nada les faltaba…

Celina, la hermana de Teresa, fue testigo de que a menudo la gente pobre llegaba a su hogar para comer y recibir ropa de Celia, quien con frecuencia lloraba al escuchar sus historias de angustia. Ambas tenían un gran respeto por los pobres, en quienes aún hoy Jesús sufre la pobreza. Cuando Luis llevó de la iglesia a su hogar a un hombre pobre para alimentarlo, pidió a Celina y a Teresa que se pusieran de rodillas para recibir la bendición de este pobre.

Entrega completa a Dios

Después de llevar vidas heroicas, Luis y Celia  sucumbieron a largas y dolorosas enfermedades y en el caso de Celia, a una muerte prematura.

Murió de cáncer de mama a los cuarenta y seis años, cuando Teresita sólo tenía cuatro años. Después de habérsele diagnosticado el cáncer escribió: “Dejémoslo en las manos de Dios. Él sabe mejor que nosotros lo que es por nuestro bien. Él nos hiere y nos sana. Iré a Lourdes con la primera peregrinación, y espero que la Santa Virgen me cure si es necesario”.

A pesar de que no sanó en Lourdes, no perdió la fe. Sobre su regreso con Luis, quien esperaba en Lisieux noticias de su curación, escribió: “No le sorprendió en lo más mínimo verme regresar alegre, como si hubiera obtenido el milagro deseado. Le llevé un espíritu renovado, y toda la casa se llenó de alegría”.

No mucho antes de morir, Celia pidió que oraran “si no por una curación, entonces por la perfecta resignación a la voluntad de Dios”. El milagro que había esperado en el festejo de la Asunción no sucedió. Al día siguiente, doce días antes de su muerte, concluyó su última carta, a su hermano, con estas palabras: “Es obvio que la Virgen Santa no desea curarme… ¿Qué me queda? Si la Virgen Santa no me ha curado, es porque mi tiempo ha llegado a su fin, y es la voluntad de Dios que deje esta tierra”.

Después, Luis se volvió demente y fue recluido durante tres años en un asilo para enfermos mentales. Aceptó generosamente la prueba y devolvió a Dios a muchos pacientes.

El 27 de febrero de 1889, Celina escribió: “La Hermana le dijo que les hacía un gran favor devolviendo a Dios a los pacientes que habían perdido la fe. Le dijo: ‘Eres un apóstol’. ‘Es verdad’ dijo mi querido padre, ‘pero hubiera preferido ser un apóstol en otro lugar, sin embargo, ¡es la voluntad de Dios! Creo que es para doblegar mi orgullo’”.

La Hermana Costard, quien cuidaba a Luis, escribió: “Es realmente admirable, no sólo no se lamenta, sino que siente que todo lo que le ofrecemos es perfecto”. Cuando su familia y amigos rezaron una novena para que mejorara lo suficiente para volver a Lisieux, dijo: “No, no deben pedir algo así, sino sólo que se haga la voluntad de Dios”.

En 1892 estaba lo suficientemente bien como para regresar a Lisieux, donde Celina y la familia Guérin lo cuidaron con devoción. Luis dijo: “¡En el cielo, los recompensaré por todo esto!”.

Al saber que había muerto, el Padre Almire Pichon, un Jesuita que trabajaba en Canadá y era amigo cercano de la familia Martin, escribió proféticamente a las hijas de Luis: “Jesús se lo quita sólo para beatificarlo…”.

Para leer el artículo complete, por favor visite la página de Web de Maureen O’Riordan: www.thereseoflisieux.org.