Padres Sobresalientes

La ‘guía de las familias cristianas’

Este es el texto de la homilía del Cardenal Saraiva Martins, Prefecto Emérito de la Congregación Vaticana para la Causa de los Santos, pronunciada en Lisieux el 13 de julio de 2008, en el 150 aniversario del matrimonio de Luis y Celia Martin.

Celina… “eleva tus ojos hacia el Padre Celestial,
Y en los asientos de honor verás
A un amante Padre… A una querida Madre..
¡A quienes debes tu inmensa felicidad!...”

Quise empezar esta reflexión con las palabras de la propia Teresita, describiendo la atmósfera familiar en la que creció.

La familia Martin

Cuando los cielos no tienen Dios, la tierra se llena de ídolos. Desde principios del siglo XIX, cuando vivió la familia Martin, y a principios del siglo XX, la gente perdió progresivamente el interés por la educación dentro de la familia y se preocupó más por los temas socioeconómicos.

Charles Péguy, nacido cinco días después que Santa Teresita, subrayó este punto casi proféticamente: “Un niño cristiano no es más que un niño que lee un millón de veces la historia de la infancia de Jesús”.

Aún podemos encontrar en la cadencia y las palabras cotidianas reflexiones inconscientes de esta población cristiana “que fue y cantó” y que “empajó sus sillas con el mismo ánimo con que esculpió sus catedrales”.

Sin embargo, no podemos decir que el pequeño Charles correspondiera a la descripción del niño cristiano tan querido para el Péguy adulto. A su alrededor, en su familia y escuela, nadie vivía así, buscando a Jesús de manera familiar y afectuosa. Pero esto era verdad para la familia Martin.

En el siglo XX este rechazo de la paternidad continuó de una manera más compleja, esencialmente con la adherencia a grandes modelos totalitarios que intentaron reemplazar a la familia confinando la educación al estado totalitario nacionalsocialista o comunista. Esta abdicación y el obscurecimiento de la figura paterna persisten en nuestra sociedad de consumo, donde la carrera profesional y la imagen exterior han sustituido la educación de los hijos.

Sin largos discursos o sermones, Luis Martin enseñó a Teresita el significado supremo de la existencia. Luis y Celia eran educadores porque no tenían problemas para educar.


La familia de hoy – ‘el amor se ha enfermado’

A principios de año, el periódico italiano “Il Mattino di Napoli” del 14 de enero de 2008, publicó un artículo de Claude Risé con este significativo título: “En el seno de la familia el amor se ha enfermado”.

El amor se ha enfermado, más precisamente, el amor se ha enfermado en el lugar donde todo ser humano vive el amor por primera vez, es amado y ama a otros. Hoy en nuestras familias compiten el amor de los padres y muchas otras cosas por el afecto de sus hijos.

Una familia excepcional: el testimonio de las hijas de los Martin

Esta es la experiencia de las hijas de los Martin:

 “¡Toda mi vida, el Señor me ha rodeado de amor, mis primeros recuerdos están marcados por sonrisas y tiernas caricias!”. Es el más vivo retrato de los Venerables Siervos de Dios, Luis Martin y Celia Guérin, como lo afirma la más ilustre de sus hijas.

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz describe en las primeras páginas de Historia de un alma la gentileza y alegría de vivir en su vida familiar. Teresita, la doctora más joven de la Iglesia, describía a su familia como la tierra de un jardín, una “tierra santa” donde creció con sus hermanas bajo la hábil y experta orientación de sus incomparables padres. Poco antes de morir le escribió al Padre Bellière: “El Señor me dio un padre y una madre más dignos del Cielo que de la tierra”. Esta profunda convicción de las hijas de los Martin acerca de la santidad de sus padres, la compartían otros miembros de la familia, y muchos más, que se referían a ellos como la santa pareja. Catorce años después de la muerte de Celia, en una carta de 1891, Celina Guérin, su tía, escribió a Teresita, que ya estaba en el Carmelo:

 “¡Qué he hecho yo para merecer que el Señor me rodee de tantos corazones amorosos! Sólo he contestado a la última mirada de una madre a la que amé mucho, mucho…”

La misma Léonie, quien dio tantas dificultades a sus padres, dijo a las Hermanas de la Visitación en Caen: “Nobleza obliga, pertenezco a una familia de santos, debo estar a la altura”.

Los Martin no son santos por haber dado vida a una santa, sino por haber aspirado a la santidad como pareja. Eran guiados por un deseo recíproco, ambos poseían el deseo de observar la voluntad de Dios en la vida que vivían y la obediencia a Su mandato: “Sed santos porque yo soy santo”. Luis y Celia Martin eran la tierra fértil y rica en la que nació Teresita y vivió durante quince años antes de convertirse en “la santa más grande de los tiempos modernos”. [Pío X]

Su secreto: una “extraordinaria” vida ordinaria

Luis y Celia fueron luminosos ejemplos de una vida de casados vivida en la fidelidad, en la gozosa aceptación de la vida y la educación de sus hijas. Un matrimonio cristiano vivido con una absoluta confianza en Dios que podría proponerse a las familias de hoy. Su matrimonio fue ejemplar, lleno de virtudes cristianas y sabiduría humana. Ejemplar no significa que debamos copiarlo, fotocopiar su vida reproduciendo todas sus acciones y gestos, sino, como lo hicieron ellos, usar el significado sobrenatural que ofrece la Iglesia a todo Cristiano para realizar su vocación a la santidad. La providencia quiso que su beatificación se anunciara durante la celebración del 150 aniversario de su matrimonio, el 13 de julio de 2008.

¿Por qué después de tanto tiempo? ¿No está esa familia demasiado apartada de nuestra época?

¿Cómo son los padres Martin modernos? ¿Pueden ayudar a nuestras familias a enfrentar los desafíos de hoy?

Estoy seguro de que con su beatificación iniciará un enorme debate en torno a esta pareja. Conferencias, debates, discusiones de grupo, tratarán de analizar y comparar su experiencia con nuestros tiempos, tan complejos. Sin embargo, debemos ser muy claros: la Iglesia no canonizó un periodo de la historia, sino que examinó la santidad de los esposos.

Con los Martin, la Iglesia propone a los fieles la santidad y la perfección de la vida cristiana que esta pareja logró de manera ejemplar en grado heroico, para emplear el lenguaje del proceso. A la Iglesia no le interesa lo excepcional, sino que subraya cómo en sus vidas cotidianas fueron la sal de la tierra y la luz del mundo [Mateo 5,13, 14]. El Siervo de Dios, Juan Pablo II declaró: “Es necesario que lo heroico se vuelva cotidiano y lo cotidiano se vuelva heroico”

La Iglesia estableció que Luis y Celia hicieron heroica su vida cotidiana y de lo heroico algo cotidiano. Esto es posible para todo cristiano, cualquiera que sea su condición en vida. Me alegra citar aquí un pasaje de la famosa carta a Diógenes acerca del matrimonio, algo que la pareja Martin sabía perfectamente cómo llevar a cabo:

Los Cristianos no se diferencian de otros hombres por su territorio, ni por su lenguaje, ni por su vestimenta. Se casan como lo hacen otros y tienen hijos, pero no abandonan a los recién nacidos. Viven en el cuerpo pero no de acuerdo con el cuerpo. Pasan su vida en la tierra pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero su forma de vida supera las leyes.

Esta carta indica un modelo concreto de una vida posible, un camino que, incluso hoy, todos los discípulos de Jesús están llamados a seguir: anunciar la belleza de un matrimonio cristiano con sus experiencias auténticas que son creíbles y atractivas. Para llevarlo a cabo, es necesario que existan parejas y padres maduros en su amor. Luis y Celia adoptaron esta forma de vida matrimonial para seguir a Jesús. Esposo, esposa y padres en Cristo, donde el matrimonio es aceptado como un llamado y una misión de Dios. Con su vida anunciaron a todo el mundo la buena nueva del amor “en Cristo”: el amor humilde, el amor que no escatima nada para renovarse cada mañana, el amor capaz de confianza y sacrificio. Esta comunión aflora claramente en sus cartas.

En una de sus breves cartas, que es prácticamente una síntesis del amor matrimonial, Luis firma así: “Tu esposo y verdadero amigo, quien te ama para toda la vida”. Celia hace eco a estas palabras: “Todo el día estoy contigo en espíritu y me digo: ‘Ahora está haciendo esto, y esto’. Estoy tan impaciente por estar contigo, mi querido Luis, te amo con todo mi corazón y puedo sentir que se dobla mi afecto en tu ausencia, para mí sería imposible vivir lejos de ti”.

¿Cuál es el secreto de esta comunión? Quizás el hecho de que antes de mirarse a los ojos, miraron directamente a Jesús. Vivieron una comunión sacramentalmente recíproca a través de la Comunión que ambos cultivaron con Dios.

Este es el nuevo “himno de los himnos”, no sólo deben cantarlo las parejas cristianas, sino que sólo ellas pueden cantarlo. El amor cristiano es “himno de los himnos” que la pareja canta con Dios.

Vocación en una familia

La vocación es por encima de todo una iniciativa divina. Pero una educación cristiana favorece una respuesta generosa al llamado de Dios: Los padres deben estar para sus hijos en el corazón de la familia, mediante sus palabras y su ejemplo, han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada [Catecismo, 1656].

Así que si los padres no viven las virtudes del Evangelio, los hombres y las mujeres jóvenes no pueden escuchar el llamado, comprender la necesidad de sacrificio y apreciar la belleza del objetivo a alcanzar. De hecho, es en la familia donde los jóvenes experimentan los valores evangélicos del amor que se da a Dios y a los otros. Debe educárseles para que comprendan su responsabilidad en su libertad, para que estén dispuestos a vivir, de acuerdo con su vocación, el más alto nivel de la realidad espiritual.

Todos los hijos de los Martin fueron bienvenidos como un gran regalo de Dios que debían devolver a Dios. La madre, con el corazón roto por el dolor, le ofreció sus cuatro hijos que murieron a temprana edad. El padre, le ofreció sus cinco hijas cuando ingresaron al convento. Por sus hijos no sólo sufrieron el dolor del nacimiento físico, sino también el dolor provocado en la fe hasta que Cristo tomó forma en ellos.

Fueron verdaderos ministros de la vida y padres santos que engendraron santos, orientaron y educaron con santidad. La familia Martin, como la familia de Nazareth, fue una escuela, un lugar de aprendizaje y un lugar de preparación para la virtud. Es una familia que hoy se convertirá en la guía de toda familia cristiana.