EL AMOR


Pasión y pureza

por Mary Healy

La enseñanza del Papa Juan Pablo II en su monumental “Teología del cuerpo” nos ayuda a reconocer el error de dos alternativas falsas: la promiscuidad, en la que se da rienda libre al eros distorsionado o la lujuria, y la mojigatería, en la que el eros se niega o reprime. Ninguna de ellas es verdadera para nuestra dignidad como personas encarnadas en la imagen de Dios.

La primera ve al hombre como un mero animal; la segunda ve al hombre como un ángel incorpóreo. Ambas se basan en una devaluación del cuerpo (una tentación humana perenne, conocida en el mundo antiguo como la herejía del Maniqueísmo).

La verdadera respuesta para colocar a nuestra sexualidad en el orden correcto es la pureza de corazón, a la que Jesús nos llama en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). La pureza no es un punto intermedio entre la promiscuidad y la mojigatería. Trasciende liberando el significado nupcial del cuerpo. Nos permite canalizar nuestros deseos hacia el verdadero valor de la persona. No existe amor genuino sin pureza.

Una aptitud que adquirimos a través de una “abstención sistemática de la falta de castidad”. En este sentido, exige un proceso doloroso de crucifixión de la carne. Pero al mismo tiempo la pureza es un don del Espíritu Santo, que se da sólo a través de la redención en Cristo. La pureza madura en el corazón de la persona que la cultiva, al punto de que la persona goza del fruto de la victoria sobre la lujuria. La pureza reestablece a la experiencia del cuerpo, en especial en las relaciones entre hombre y mujer, toda su simplicidad y su gozo interior. Este gozo es totalmente diferente de la satisfacción de la lujuria.

La pureza incluye la virtud de la templanza o autocontrol, el dominio de los propios deseos. Es innegable que la templanza a veces puede sentirse como vacío y restricción, totalmente lo opuesto de la libertad, en especial cuando se intenta por primera vez y si ya se han formado los hábitos de la lujuria. El Papa es realista. ¡La templanza no es fácil!

Sin embargo, la templanza significa más, no menos. Gradualmente, la persona comienza a experimentar la libertad interior del don, la capacidad de experimentar el verdadero significado de la vida como un don a sí mismo en amor y pureza. Las capas más internas del potencial humano de la persona adquieren una voz, capas que la lujuria de la carne ocultaría.

El sermón cristiano a veces puede dar la impresión de que la moralidad es básicamente una serie de negativas: no al sexo casual, no a la homosexualidad, no a la vida en común antes del matrimonio, no a la anticoncepción, no a la pornografía (básicamente, no a la diversión, como lo retratan los medios).

En cambio, debemos agradecer a Dios por la moralidad cristiana. No es en última instancia un “no” sino un “sí”. Se trata de la verdadera libertad, de liberar los deseos que Dios incorporó en nosotros para obtener todo su potencial. La pasión de la lujuria (obtener lo que deseo) se transforma en la pasión del don (darme para ti).

Piensen en la diferencia entre un hombre que trata a una mujer como un objeto sexual y un hombre que se ve atraído apasionadamente por una mujer pero la trata con veneración y cuidado, deleitándose en la belleza de su feminidad y de la persona interior que se revela a través de su cuerpo. La pasión unida a la purea libera al cuerpo para hacer aquello para lo cual fue creado: ser una expresión viviente de la comunión espiritual en la que la persona se convierte en un don de sí mismo para el otro.

Juan Pablo escribió en “Teología del cuerpo”,

"La pureza es la gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano, a través de la cual se manifiestan la masculinidad y la feminidad. De la pureza surge la belleza extraordinaria que impregna cada esfera de la vida común de los hombres y hace posible expresarla en simplicidad y profundidad, cordialidad y la autenticidad irrepetible de la confianza personal.

Este artículo se extrajo de Men & Women Are from Eden (Los hombres y las mujeres vienen del Paraíso) (Servant Books, 2005) de Mary Healy.