La Oración

Oración de la familia

por el Papa Juan Pablo II

La oración hace que el Hijo de Dios habite en medio de nosotros: “Porque donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18:20).

Es significativo que, precisamente en la oración y mediante la oración, el hombre descubra de manera sencilla y profunda su propia subjetividad única: en la oración el “yo” humano percibe más fácilmente la profundidad de lo que significa ser una persona. Esto es válido también para la familia, que no es solamente la «célula» fundamental de la sociedad, sino que tiene también su propia subjetividad. Esta subjetividad encuentra precisamente su primera y fundamental confirmación y se consolida cuando sus miembros invocan juntos: “Padre nuestro”.

La oración aumenta la solidez y la unidad espiritual de la familia, ayudando a que ella tome parte de la «fuerza» de Dios.  En la solemne bendición nupcial, durante el rito del matrimonio, el celebrante implora al Señor: «Infunde sobre ellos la gracia del Espíritu Santo, a fin de que, en virtud de tu amor derramado en sus corazones, permanezcan fieles a la alianza conyugal». Es de esta visita del Espíritu Santo de donde brota la fuerza interior de las familias, así como el poder capaz de unirlas en el amor y en la verdad.

Esta sección se extrajo de la Carta a las Familias del Papa Juan Pablo II (1994).